domingo, 28 de julio de 2013

Arrepentido



Es un día radiante y caluroso en que luce el sol y un cielo azul sin nubes copa toda la vista en la bóveda celeste. Hoy las puertas del castillo se han abierto para permitir el acceso a la plebe y en el patio interior, en lo que parece un ambiente casi festivo, se ha congregado una multitud. Muchos hombres asisten al acto, algunos con sus familias traen a sus hijos al evento e incluso algunos tenderos, como si de un día de mercado se tratase, abren sus puestos.
Alfons, como siempre, se encuentra de pie sobre la tarima. Está sudando debido al calor y sus manos descansan apoyadas sobre su herramienta de trabajo. En estas ocasiones, él se limita a esperar a que llegue su momento, pero hoy sin un motivo en particular observa a la multitud y su mirada recorre todas las caras y expresiones allí presentes, hasta que se detiene en un punto concreto, en una pequeña puerta del castillo.
"Podría ser yo el que está aquí, con la cabeza en el tajo y algunas veces sé que no me importaría. Pero este es mi trabajo, aplicar el justo castigo a quienes violan la ley, o al menos esa es la teoría que me explicaron y durante mucho tiempo estuve convencido de que el verdugo nunca tiene que pensar sobre las penas impuestas, solo ejecutarlas: ¿por qué un simple verdugo, el último eslabón de la cadena de la ley, debería preguntarse por el sentido de todo esto? Además es una cosa de leyes y todas las leyes están escritas en unos legajos muy grandes y serios que hombres sabios, reyes y nobles dictaron a doctos escribas allá en las torres del castillo, nada que un sencillo verdugo, un plebeyo como cualquiera de los que hoy se congregan aquí, pueda siquiera soñar con entender."
Es un día radiante y caluroso en que luce el sol y un cielo azul sin nubes copa toda la vista en la bóveda celeste. Hoy las puertas del castillo se han abierto para permitir el acceso a la plebe y en el patio interior, en lo que parece un ambiente casi festivo, se ha congregado una multitud. Muchos hombres asisten al acto, algunos con sus familias traen a sus hijos al evento e incluso algunos tenderos, como si de un día de mercado se tratase, abren sus puestos.
Alfons, como siempre, se encuentra de pie sobre la tarima. Está sudando debido al calor y sus manos descansan apoyadas sobre su herramienta de trabajo. En estas ocasiones, él se limita a esperar a que llegue su momento, pero hoy sin un motivo en particular observa a la multitud y su mirada recorre todas las caras y expresiones allí presentes, hasta que se detiene en un punto concreto, en una pequeña puerta del castillo.
"Podría ser yo el que está aquí, con la cabeza en el tajo y algunas veces sé que no me importaría. Pero este es mi trabajo, aplicar el justo castigo a quienes violan la ley, o al menos esa es la teoría que me explicaron y durante mucho tiempo estuve convencido de que el verdugo nunca tiene que pensar sobre las penas impuestas, solo ejecutarlas: ¿por qué un simple verdugo, el último eslabón de la cadena de la ley, debería preguntarse por el sentido de todo esto? Además es una cosa de leyes y todas las leyes están escritas en unos legajos muy grandes y serios que hombres sabios, reyes y nobles dictaron a doctos escribas allá en las torres del castillo, nada que un sencillo verdugo, un plebeyo como cualquiera de los que hoy se congregan aquí, pueda siquiera soñar con entender."
La puerta se abre y por ella aparecen dos guardias vestidos de negro y con sendas picas escoltando, casi arrastrando más bien, a una mujer que viste un sucio camisón blanco. Detrás de la mujer aparecen el juez y un escriba que certificará el carácter oficial del acto. Alfons, tras su capucha de verdugo los mira y asiente: es lo habitual, el ritual que siempre se sigue. Sin poder evitarlo se fija en la mujer: es una mujer que no conoce como suele ser habitual. No sabría decir si es joven o vieja, pues tiene el rostro sucio y parcialmente cubierto por su pelo negro que en algunos puntos se torna apelmazado y rojo por la sangre. Los ojos de ella miran en todas direcciones desencajados, y en un momento se fijan en una figura alta y encapuchada sobre un cadalso que descansa sus manos en el mango de un gran hacha. Sus miradas se cruzan y Alfons puede sentir su miedo.
"Miedo a mí, sin ser yo el culpable, yo no dicté las normas, sólo las acato. Gracias a esa obediencia mi familia tiene para comer y mis hijos tendrán la oportunidad de criarse en el bien, de ocupar mi lugar en un futuro y no el de ella."
En el fatídico paseo que antecede al final la muchedumbre la increpa. Algunos gritan contra ella: "¡Bruja!". Otros en cambio callan y evitan mirarla. Pero ella sólo puede mirar a la figura amenazante y cruel de su verdugo, más cercana a cada paso.
"Bruja dicen. Las brujas no son buenas, todo el mundo sabe que hacen pactos con el diablo y pueden traer la enfermedad..."
Ya ha llegado al cadalso, sus pies se niegan a subir unas escaleras que la conducen al final. Ahora Alfons puede verle la cara, sus lágrimas ruedan por unas mejillas mezcladas con el polvo y la sal de muchas otras. En sus muñecas y tobillos puede ver las marcas de los instrumentos del torturador. Ella no aparta la vista del verdugo que, como una negra parca le anuncia que su momento final ha llegado.
"Tortura. Parece que antes la hicieron confesar..." - Alfons conoce muy bien al torturador. Él mismo pasó por sus manos y sabe lo que es capaz de hacer. Lo sabe muy bien, como atestiguan las marcas en su espalda. También sabe lo que él fue capaz de confesar para librarse de eso - "Bueno, bruja o no es la ley y yo su brazo ejecutor... ¿Y si se han equivocado? ¿Y si es inocente? ¿Es la ley justa? … Preguntas que necesito sacarme de la cabeza, debo concentrarme en lo que tengo que hacer y dejarme de herejías."
Llegó el fatídico momento, la mujer es subida a rastras por los alguaciles al cadalso y el juez y sacerdote comienza la lectura de los cargos. Es el procedimiento habitual, pero Alfons, por una vez escucha con atención: ‘La acusada ha confesado haber pactado con el diablo para su beneficio, muestra de ello es la predilección del uso de la mano siniestra y los lunares por donde la Bestia chupaba su néctar. Así mismo se la acusa de la muerte de dos reses, de la enfermedad y muerte de su respetable vecino, de…’ la voz de párroco sigue su letanía con todas las cosas malas que han pasado últimamente en la aldea. Alfons se adormece al compás de la voz, mi hija también suele usar la izquierda para comer, y por mucho que la corregimos siempre lo hace, ¿Cuándo sea mayor será acusada de bruja?, y los lunares, yo también tengo, también para mí jugaron en mi contra. Pobre muchacha, porque no eligió vivir, si se hubiese mostrado arrepentida la hubiesen mandado a un monasterio y no tendría que morir.
La mano me tiembla en el mango del hacha, aciagos recuerdos me invaden, yo elegí vivir y aunque me quitaron mi granja me dieron este trabajo, para recordarme cuál podía haber sido mi final. Un sudor frío me recorre la espalda, un padrenuestro suena por toda la plaza, todos al unísono, incluso mis labios me traicionan y se mueven solos. Se hace un silencio sepulcral, es la hora.
Los alguaciles ponen a la mujer de rodillas frente al tajo, pero ella no deja de mirar al verdugo. Alfons la mira a ella y por un momento sus miradas coinciden a pesar de la capucha. Reo y ejecutor, condenado y verdugo se miran a los ojos. Alfons no puede sostener esa mirada cargada de miedo y muda súplica y mira en derredor al patio, y entre la gente que grita demente y enfervorecida, también ve a dos viejos en medio de la multitud que lloran y entonces con una terrible certeza ve en ellos a sus padres ...
Los guardias la obligan a bajar la cabeza hasta el tajo y le sujetan las manos con grilletes. Ella grita, la multitud vitorea, unos pocos lloran.
Las manos de Alfons se cierran firmemente sobre el mango del hacha y trata de levantarla. Hoy le resulta más pesada que nunca
"Yo no sé de leyes, solo se que tengo que hacer el trabajo, pero sus ojos... el llanto de sus padres... ella podría ser mi hija y ellos podríamos ser yo y mi mujer."
La mujer, arrodillada con la cabeza en el tajo puede ver como el hacha pasa por delante de su cara mientras esta se eleva lentamente.
"¿Y si se equivocan? ¿Qué leyes son estas cuando no hay vuelta atrás? ¿Acaso lo ha decidido el sacerdote que leyó la sentencia? Ese mismo que se refocila con las putas del tascón para luego dar sermones el domingo sobre lo que dice Dios sobre la castidad."
El sacedorte, deja su púlpito y se aproxima al tajo junto a los guardias y clava una mirada de piedad sobre la mujer, mientras Alfons eleva el hacha por encima de su cabeza y mira hacia la tribuna donde se encuentran los nobles.
"¿O acaso lo decidió ese señor noble que está mirando con desprecio a toda la chusma desde su tribuna de honor? Ese que no sabe nada sobre sufrimientos, ni cosechas, ni que significa trabajar de sol a sol y que encabeza guerras fraticidas sólo con el fin de poseer más. ¿Acaso son todos ellos lo bastante justos para hacer leyes para el resto?"
El noble que preside el acto mira a Alfons y asiente con la cabeza. Es la señal convenida. Y por un momento el mundo se detiene: la imagen de Alfons el verdugo, el terrible ejecutor de leyes, testaferro de la autoridad queda congelada, hacha en ristre sobre la chica condenada por brujería. Todos lo miran extrañados.
"No es justo. No tengo por qué hacerlo. No voy a hacerlo." - y por primera vez la voz del verdugo se escuchó en el cadalso. Y se dirigió a la mujer.
- Mujer, ahora entiendo que estaba equivocado, cuando te condenaron fuiste tú la que eligió vivir. - Alfons, en silencio ahora, cerro los ojos y retorciendo el mango del hacha elevada sobre su cabeza, gritó el primer grito de libertad escuchado en mucho tiempo en una tierra de señores y vasallos- ¡AHORA YO DECIDO VIVIR!
Todo el mundo miraba expectante, un verdugo que se niega a ejecutar una sentencia, ¿Es eso posible? El hacha sigue peligrosamente suspendida en el aire, pero la expresión de Alfons ha cambiado, ha elegido ser libre, quitarse los barrotes de unas leyes obsoletas escritas por dioses crueles y reyes déspotas. La multitud no se atreve ni a respirar, el silencio es tal, que todo el mundo puede escuchar una certera flecha disparada desde la tribuna. El tiempo parece detenerse, Alfons apenas siente el dolor en la garganta pero sus manos dejan caer el hacha, que sigue su trayectoria como si fuera guiada por invisibles brazos y finaliza su cometido. La esperanza queda petrificada en la cara de la joven cuando cae al canastillo. ‘Todo ha sido en vano’ piensa Alfons mientra cae de rodillas, los dos decidimos vivir, y al elegir la muerte nos ha dado caza. Hoy lloraran padres e hijos sin entender lo que ha pasado aquí arriba, pero algún día todos romperán los grilletes que los atan a sus señores y se alzarán decidiendo vivir, y encontrando VIDA.

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